Hoy toca hablar de un tema que está en boca de todos y que quizás esté provocando mil y una sensaciones contradictorias. Y es… redoble de tambores, la súper famosa Inteligencia Artificial.
Está llegando a nuestro presente como un tornado, siendo seguramente la gran revolución digital desde la llegada de Internet. Y, cómo éste último, también tuvo sus fans y sus detractores, porque todo aquello que no entendemos nos puede despertar miedo o curiosidad.
Yo, personalmente, con todas las novedades que nos impactan en nanosegundos, a veces me siento como un ser venido de una época pasada que no posee la capacidad de entender todos estos avances. Pero llegados a este punto, me puedo quedar arrinconada en la isla del ayer o bien, encender la linterna del aprendizaje.
Y si pulso ON en dicha linterna. Me doy cuenta de que la Inteligencia Artificial ha venido para cuestionarnos, para confrontar el cómo hacemos las cosas y, quizás, a ofrecernos una mejor opción para ejecutar proyectos de una forma más ágil, más efectiva, más barata que nos ayude a economizar tiempo y recursos. Y esto suena realmente bien. Así pues, abramos la mente a una realidad que ya se ha colado por las rendijas del mundo actual.
La usan las empresas de recursos humanos, las grandes tecnológicas, las telecomunicaciones… incluso los y las adolescentes para presentar trabajos, como antiguamente los millennials usaban “elrincondelvago.com” o anteriormente, se pagaba en pesetas a la empollona de la clase para que nos echara una mano y pudiéramos llegar al “Progresa adecuadamente” sin demasiado esfuerzo.
Ahora, la llegada de la Inteligencia Artificial, nos permite mandar mejores emails, reorganizar nuestras vacaciones, hacer la lista de la compra con más cabeza y menos apetito. En definitiva, nos quita trabajo. Nos despeja de la mente aquellas actividades que consideramos de poca relevancia – para supuestamente – dedicarnos a lo que de verdad importa: tener tiempo para nosotros, para desconectar, para lo que, desde tiempos de Platón llaman la “búsqueda de la felicidad”
¿Será esto cierto?
Pero una cosa es encender la linterna del aprendizaje y otra, muy diferente, es hacer ON, de forma naif y edulcorada, porque lo cierto es que la Inteligencia Artificial, tiene sus elocuentes y vehementes opositores. Muchos de ellos han sido parte de la creación de la misma.
Y es que, como dice el escritor, filósofo e historiador israelí Yuval Noah Harari, no se trata de una herramienta donde el ser humano decide, de forma consciente, qué hacer con ella y cuándo usarla, sino que es “un agente independiente capaz de tomar decisiones por sí mismo”.
Esto significa que, el día de mañana, cuando te levantes y te mires al espejo nada más levantarte, tengas un detector de emociones con lector facial y un análisis de constantes vitales. Tu espejo, como el espejito de La Blancanieves, te mirará a los ojos y te hablará con una maravillosa y seductora voz al estilo SIRI y te dirá: “hoy estás triste, tienes la tensión arterial por debajo de la media, llevas 12 días con un estado de ánimo parecido, posiblemente debido a la responsabilidad de tu nuevo puesto de trabajo. Para que hoy empieces de la mejor manera te aconsejo tomar tu café de jengibre, hacer 7 kilómetros y comprar en Amazon el nuevo libro de autoayuda “Cómo liderar desde el corazón, con efectividad y sin esfuerzos”.
Y tú, quizás con pocas ganas de preguntarte qué te pasa realmente, con muchas menos de plantearte un desayuno diferente, y sabiendo que leer los best sellers de la lista de los más vendidos en Amazon te hace parecer más cool y mejor preparado como líder del equipo, comprarás por apenas 7 euros un nuevo libro de autoayuda, que tampoco leerás, le pedirás a la IA que te haga un breve resumen con los puntos más destacados del mismo para poder usarlos como argumento en la reunión de las 11.
¿Entonces?, ¿cuál es el problema?
Pues que cuando eliminamos el esfuerzo de nuestro ADN, nuestro cerebro como órgano vago, se relaja, pierde capacidad. Y si aceptamos sin cuestionamientos lo que otro instrumento, mucho mejor preparado que nosotros, con una capacidad millones de veces superior a la nuestra para captar y retener datos, posiblemente seamos más manipulables. Perderemos nuestras individualidades para ser cada vez más parecidos. Además, daremos por cierta cualquier información que se publique, y estaremos entrando en un mundo donde “la información no es poder” porque hay una marea de la misma. La verdad, será “el santo Grial” pero esta verdad como dice Harari, costará una fortuna de bitcoins que sólo unas pocas compañías salvaguardarán en función de sus intereses y necesidades.
Parece que estoy abriendo El saco de truenos de Zeus. Nada más lejos de la realidad. Empecé este artículo diciendo que prefiero encender la linterna del aprendizaje a quedar arrinconada en la isla del ayer. Pues eso, aprendamos, que como dice la RAE, no es otra cosa que, adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia.
¡Qué curioso! A través del estudio y de la experiencia. Ambos conceptos se alejan de la inmediatez y requieren de tiempo y esfuerzo. Con la IA no haría falta ni aprender inglés, porque todo nos será dado con un clic. Pero entonces, ¿dónde quedará la satisfacción personal?
¿Dónde quedarán los consejos de los abuelos, que con la dulzura que da la veteranía nos invitan a encauzar nuestros caminos?
¿Dónde quedará perderse y encontrarse después de una transformación personal? ¿Dónde quedará hacer lo que me dé la gana aunque no sea ni lo más sensato, ni lo más sano, ni lo más adecuado en ese momento… pero que es algo que me apetece y que lo hago asumiendo mis propias consecuencias?
Seguramente nos adaptaremos a todo lo que una Inteligencia Artificial nos proponga, pero para que esto no sea un SÍ a todo, aprendamos a usarla. Que sea un secretario más del equipo, que nos haga propuestas, pero que éstas no sean las únicas que se presenten encima de la mesa.
Para que la creatividad humana – que ya hizo un Hombre de Vitruvio, el Cern, Mickey Mouse, Abu Simbel, la penicilina o el Cola Cao entre otras millones de magnificencias – siga sorprendiendo a los algoritmos.
Que cuando leamos o veamos algo, evaluemos el criterio de la persona o máquina que está detrás del mensaje.
Que nos preguntemos:
¿Es una fuente fiable?
¿Quién paga dicha información?
¿Es una empresa? ¿Qué intentan vender?
¿Para qué buscan despertar el miedo o la rabia?
Y finalmente me hago la gran pregunta:
Y yo ¿qué quiero?
P.D. Estas 1.115 palabras no son creación de la IA. Son el resultado de dos cafés, tres horas y alguna más recabando información.
Vanessa Gil