Querida persona que está invirtiendo unos minutos en comenzar a leer este artículo. Quiero que sepas que después de este café que te estás tomando, tu responsable te va a llamar y con muy bonitas palabras te va a ofrecer un cambio de responsabilidad, o de actividad, o un nuevo proyecto del que hasta hace breves instantes no eras consciente. Y esta novedad, va a atentar como una piñata llena de caramelos en tu maravillosa rutina, en tu comodidad, en tu confianza en ti mismo, en tus horarios, en tu cerebro. Las emociones que van a aparecer inicialmente serán las de sorpresa, pero muy poco después, es posible que te invada un cóctel Molotov, compuesto principalmente por MIEDO.
Miedo a lo desconocido, miedo al fracaso, miedo a no estar a la altura de las expectativas que creo que otros han puesto en mí, miedo a no tener las herramientas personales y profesionales para poder abordar dicha novedad…
Y ahora, como todavía no has tenido esta conversación con tu responsable, déjame que te cuente un secreto. Ya sabes que, en las sesiones de coaching, el coach te acompaña a que tú logres tu propio propósito. Pues el otro día, en una de estas sesiones, fui yo la que, como una niña pequeña, escuché las sabias palabras de Roberto. Un directivo que después de una década desempeñando la misma función, con el mismo equipo y con unos resultados excelentes, fue cambiado de repente de puesto dentro de la misma organización. Y por supuesto, la curiosidad me pudo. Quise saber cómo lo había hecho para transformarse, para adecuarse a su nueva situación, cómo había surfeado las olas de las emociones; el miedo inicial, la frustración de empezar con un equipo nuevo, con una forma de trabajar diferente. El asistir a reuniones donde los nuevos colaboradores usaban conceptos, que más que personas, podían ser para él Minions con un lenguaje inicialmente indescifrable, cómo era llegar a casa y sentirte un día y otro día como un elefante en una cacharrería donde no sentías ofrecer a tu equipo un nimio aporte de valor…
Y él, con aplomo y con la seguridad que da el haber sido navegante, náufrago, superviviente y de nuevo piloto, pero esta vez, de su propio navío me dijo; todo tiene su proceso, y el cambio es más fácil y placentero si tienes en cuenta las siguientes etapas:
- Primero hay que aceptar lo que te llega sabiendo que es algo que no puedes cambiar. Y para ello, hay que decirle a nuestra mente que pare con los Y ¿Por qué?: “Y ¿por qué me han cambiado? ¿y por qué a mí?” buscar el por qué de la situación, te lleva de viaje al pasado y a despertar la emoción del estrés y la frustración porque a veces ni siquiera conocemos el porqué, así que te enrocas en un laberinto sin salida que solo duele. Por otro lado, los ¿Y si…? “Y ¿si hubiese hecho algo diferente?…” Pensar de esta manera te lleva a provocarte un agujerito de ansiedad porque te imaginas un futuro hipotético lleno de fantasía y poco asentado en las evidencias reales. Así que aceptar, es cambiar los ¿Por qué? y los ¿Y si…?, por los ¿Qué? y ¿Para qué?; “¿Qué me permite aprender esta nueva situación? ¿Qué herramientas personales tengo para encarar este nuevo reto? ¿Para qué me puede venir bien este cambio?… Con los ¿Qué? y los ¿Para qué? empujamos a nuestra mente a salir de un bucle y a despertar la visión de propósito, de futuro.
- La estación del viaje será la de despertar la mentalidad de aprendizaje, se trata de creer que cada cambio que llega es un reto para desarrollar con apertura, esfuerzo, práctica y persistencia, nuevas habilidades y nuevas formas de inteligencia. Este tipo de mentalidad rompe con la creencia de la llamada mente fija. Y ¿qué es la mente fija? Aquella que teme el fracaso, que no le gustan los retos, que se lleva a lo personal las críticas, que se da por vencida y que, en definitiva, no le gusta aprender cosas nuevas porque esto supone que pueda ponerse en tela de juicio sus capacidades. Y ojo, que la mentalidad fija, la hemos podido tener todas las personas en un momento puntual de nuestra vida, porque al final, nuestro propio cerebro es un órgano vago al que le cuesta cambiar, porque ello supone un desgaste de energía. Pero estar demasiado tiempo en este estado sólo te hace perder, porque quizás solo te quedes en el gusano y no llegues a ver tu propia crisálida y la belleza de tus alas.
- Para tener controlada la incertidumbre y la frustración tendremos que ser muy conscientes de que todo cambio y conlleva de forma intrínseca, una curva de aprendizaje. Y ésta, nos dice que el progreso inicial puede ser rápido, pero luego hay una fase donde te hundes en tus propias lamentaciones, porque llegas al llamado realismo desalentador, en el que empiezas a ser consciente de que no sabes tanto como creías, pero ojo, después de este arduo momento, si persistes, prácticas y recuerdas que no hay ningún tipo de necesidad de compararse con otros y no hay necesidad de demostrar nada a nadie, tu destino final será ser una persona experta, donde te das cuentas de que puedes relajarte porque “eres y sabes”.
- Y poco a poco, saludando a nuestras emociones, podremos tomarnos un momento para realmente ser objetivas y objetivos y observar cómo ya sí poseemos piezas del puzle que podemos ir conectando, cómo gracias a la humildad de preguntar, de ser paciente y de lanzarse a probar, las piezas comienzan a encajar. Y tú ahora eres consciente de que sumas en el equipo, aunque lo cierto es que siempre lo hiciste.
- Finalmente, cuando he aprendido algo nuevo, lo he sabido aplicar y he sentido entusiasmo por ello, lo siguiente es re-visitar con curiosidad inocente mis propios aprendizajes, para enraizarlos y alcanzar la maestría.
Bueno después de esta píldora de aprendizaje, por cierto, ¡gracias Roberto! no soy la Bruja Lola y no tengo ni idea de si estarás a las puertas de un cambio, de ser así, creo que sería muy valiente adoptar la postura de René Descartes:
“Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”
Vanessa Gil