¿Conoces a Mizaru, Kikazaru e Iwazaru?
¿No? ¿Estás segura o seguro de ello?
¿Y si te hablo de los “Tres monos sabios”?
Ya empieza tu mente a imaginar, a darle vueltas a tu depósito de recuerdos y de repente, seguramente un pensamiento de esos veloces haya chocado con la imagen de estos tres monos donde el primero se tapa los ojos, el segundo tapa con sus manos las orejas y el tercero tapa su boca.
Esta imagen, que es sin duda uno de los símbolos de la cultura japonesa, ha trascendido hasta nuestros días. Su creador fue el artista japonés Hidari Jingorō, quien la realizó en 1636 como escultura de madera para decorar los establos sagrados del santuario de Toshogu en Nikko.
La cultura popular considera que estos “tres monos sabios” ofrecen un aprendizaje que se ha extendido a lo largo de los siglos: no ver el mal, no escuchar el mal y no decir el mal.
- Mizaru, el primero de los monos, viene a representar la capacidad de no ver aquello que nos pueda dañar y fijar conscientemente la mirada en aquello que nos enriquezca, nos haga crecer y nos proporcione una visión más positiva y bella de la vida.
- Kikazaru, el mono que no puede escuchar, pretende representar la opción que todos tenemos de seleccionar aquellos mensajes que realmente suman, desechando aquellos comentarios que denigran, dañan o ponen en entredicho nuestro propio bienestar y el del resto.
- Iwazaru, el mono mudo, podría ser la representación de la enseñanza de Sócrates que dice que antes de hablar sería inteligente y juicioso el poder preguntarnos previamente si lo que vamos a decir: “¿es verdad?, ¿es bueno?, ¿es útil?”
Si viramos la mirada a nuestra actualidad, estamos en un momento donde los titulares que desayunamos cada mañana son desalentadores, donde escogemos medios informativos que se han olvidado de la importancia de corroborar aquello sobre lo que informan, que cada dos horas y media aparece una crisis política, una guerra, un conflicto, una necesidad de dividir, un poder manipular la vida de las personas a golpe de efecto al más puro estilo de Broadway pero con poca reflexión, profundidad y responsabilidad.
Y con todos estos ingredientes comienza a aflorar el miedo, como la emoción más presente, y ¿qué ocurre con el miedo?. Nos empuja a comportarnos desde la hiper vigilancia, empieza a hacernos dudar de todo y de todos, nos paraliza y desde luego nos corta las alas a ser más empáticos, abiertos y creativos porque lo único que le importa al miedo es la propia supervivencia… y entonces empezamos a parecernos a esos “monos sabios”, no al mensaje espiritual que pretenden mandarnos, más bien a esas figuras de madera, hieráticas que muchos colocan como decoración encima de alguna repisa y que parecen decir: no veas, no oigas, no hables.
Así, desde el miedo, cerramos las puertas de ver más allá, de escuchar y no sólo oír al otro y a nosotros mismos, y de poder tener la valentía y la fortaleza de poder dar nuestra opinión, de ser capaz de expresar nuestras necesidades e incluso poder darnos el permiso de decir “hasta aquí, esta es mi línea roja, esto no es negociable…” Pero preferimos dejar de ver, de escuchar y de hablar y entramos en nuestras personales cortinas de humo. Un humo cegador, intrusivo, que adormece las cuerdas vocales.
Estas cortinas aunque de alguna manera son útiles para poder sobrellevar nuestras rutinas a 200 kilómetros por hora, para poder enfrentarnos a una realidad que otros desean dibujarla catastrófica, sin valores y polarizada y quizás necesarias para poder asumir un número de tareas atroz que nos hacen sentir que nunca somos suficiente para luego mandarnos a la cama con una voz de nombre Ansiedad que susurra los “tienes qué y debes hacer”…
Estas voces que nos cantan al oído, cuales sirenas en Ulises:
- ¿Para qué vas a dar tu opinión? Seguramente estés equivocada.
- ¿Qué van a pensar de ti si lo que dices es un error?
- ¿Para qué vas a escuchar las noticias que te rodean? Mejor vivir sin el telediario,los periódicos, o escuchar a tal o cual político, porque parece que vamos a peor.
- ¿Para qué intentar ver un documental que me aporte conocimiento de valor? Seguramente, en breve la IA podrá desempeñar casi todas las tareas de logística. Además, mejor una película o una serie fácil, sencilla que no me haga pensar pues llegan las 10 de la noche y estoy saturada.
- ¿Para qué voy a expresar mis necesidades o poner límites si cuando hablo, no me siento escuchada, no hay cambio y siempre estamos en el mismo punto?
Creo que no querer ver tiene un precio, no querer oír tiene un precio y no querer hablar tiene un precio. Y seguramente el coste de todo ello, en primer lugar, impacte directamente con nuestro bienestar individual, por sentirnos manipulados, o puede que, a la deriva sin llevar el timón de nuestra propia existencia, o frustrados por ver que nada cambia y que si lo hace parece ir a peor. Y esa falta de bienestar individual son balas de perdigón para el propio bienestar colectivo, para el desarrollo de una sociedad culta, madura, proactiva, con herramientas para saber decidir, argumentar y también para equivocarse y volver a la creatividad para que la resiliencia y la reinvención, no sólo sean vocablos que queden bonitos en las tazas que nos regalamos en momentos de bajón.
Así pues, seamos “monos sabios” esos que escogen “ver, oír y hablar” siempre y desechar conscientemente aquello que no sea verdad, bueno o útil.
En Amagi creemos que el liderazgo consciente empieza por mirar hacia dentro con valentía.
Escuchar, expresar lo que necesitamos y actuar con consciencia son claves para construir culturas más humanas y responsables.
Este artículo refleja nuestro compromiso con el liderazgo consciente, la transformación cultural y el desarrollo humano en las organizaciones.
¿Qué vas a empezar a ver, a oír y a verbalizar tú?
Vanessa Gil