– Me voy a divorciar.
– ¡Uy! Una más, es que ya no aguanta nadie con nadie, mi amiga de toda la vida lleva dos años de juicios con su ex.
– Me han despedido del trabajo.
– ¡Jo cuánto lo siento! Bueno no te preocupes, este momento de parón te vendrá de lujo para pensar en ti, para reorientar tus expectativas y para respirar algo de calma.
– Estoy envejeciendo, me siento mayor.
– ¡Qué dices por favor, si estás estupenda! Ojalá yo a tu edad esté tan maravillosa como tú.
– Ha fallecido mi abuela.
– ¡Mi más sentido pésame! Es duro, pero el tiempo lo cura todo, además ha pasado a mejor vida. ¡Por fin ha dejado de sufrir y puede ahora descansar!
– He vuelto a suspender matemáticas.
– Yo también suspendí matemáticas en mi época y lo que tienes que hacer es crearte una rutina efectiva, sabiendo si eres más productiva para estudiar por la mañana o por la tarde, coger un profesor privado, realizar al menos tres tutorías con tu maestra y quedar con tu tío Miguel que es ingeniero químico.
– No puedo tener hijos.
– ¡Lo siento mucho! También te digo, lo de los hijos está romantizado, nadie te dice la verdad de lo que supone tener un hijo. Pérdida de libertad, pérdida de crecimiento profesional, pérdida del apetito sexual, desgaste de la pareja… Oye ¿te has planteado adoptar?
Si has vivido como protagonista alguna de estas situaciones, piensa en cómo te hizo sentir el comentario de la otra persona. Lo más probable, es que pusieras una sonrisa impostada, miraras a la persona con cierto agradecimiento y afirmarás sutilmente con la cabeza dando la razón al creador de tan “amables respuestas”. Pero tu cabeza no registró dicho comentario como un bálsamo, un consuelo, un alivio.
Tu cabeza lo registró como un ataque. ¿Cómo un ataque? Pensarás en este instante. Sí como un ataque, porque cuando de bocas ajena recibimos mensajes que son realmente bálsamo, consuelo o alivio. Nuestro cuerpo se relaja, de esa relajación, nos permitimos ponernos vulnerables, las emociones contenidas fluyen sin cortapisas permitiéndonos ser auténticos, sin filtros.
Cuando, por el contrario, las respuestas que recibimos antes nuestros problemas son del cariz de las anteriores y ¡OJO! Que ninguna de ellas, está hecha con mala intención, ni con algún tipo de anhelo de dañar o de dilapidar tu bienestar emocional del momento. Nuestro cuerpo se tensa, de manera inconsciente ponemos distancia, y una intuición milenaria, nos dice que “ahí no es”.
- “Ahí no es” donde me puedo permitir hablar de cómo el divorciarme es lo peor que me ha pasado hasta la fecha, algo que no estaba previsto y que me rompe el corazón porque sigo amando a la persona con la que me casé.
- “Ahí no es” donde me encantaría decir, que tengo muchísimo miedo, que con mis cincuenta años siento que tengo pocas probabilidades de encontrar un nuevo trabajo, que me permita vivir como antes.
- “Ahí no es” donde querría exponer a pecho descubierto que no estoy llevando bien el hecho de envejecer, y ¡claro que es ley de vida! Pero ver como mis piernas me fallan, los sofocos no me dejan dormir, me canso, las arrugas ya no son graciosas porque no reconozco mi imagen en el espejo…
- “Ahí no es” donde no puedo decir, que me siento una tonta por haber suspendido tres veces matemáticas. A lo mejor algo en mí falla, o no estoy dando con el método adecuado para poder superar este bache, pero ya me da vergüenza preguntar, prefiero encerrarme y darme por vencida.
- “Ahí no es” cuando no puedo llorar un duelo personal, un vacío existencial que se posa en mis entrañas y que no me permite por el momento ver ninguna alternativa. Porque el sueño de mi vida de ser madre, se aleja y se escapa de mi control y eso duele.
Y ahora hagamos el ejercicio de reflexionar, si eres tú la persona creadora de este tipo de respuestas ante situaciones complejas. Si te sientes identificada y te frustras porque haciéndolas solo tenías como objetivo; empatizar, acompañar y apoyar, no te preocupes, ten compasión contigo misma, porque todas y todos las hemos mencionado alguna vez.
Y ¿por qué? Nos han enseñado a ser simpáticas y no a ser empáticas. ¿Esto qué significa? Que desde la simpatía, hacemos respuestas más intelectuales y pragmáticas que emocionales. Buscamos dar la solución, porque pensamos que con ello beneficiamos al otro. Y de esta manera su sufrimiento será menor teniendo una solución en su mano.
Lo que ocurre, es que esta solución normalmente la otra persona no la puede digerir en ese momento, porque en ese momento, lo único que quiere es vomitar su dolor, su miedo, su desencanto, su vergüenza, su duelo.
Cuando somos simpáticas, y usamos este tipo de frases cliché tendríamos que preguntarnos qué nos está pasando a nosotras mismas con la historia que el otro me cuenta. Y lo más probable, es que soy yo la que me siento incómoda con su sufrimiento, soy yo la que quiere cerrar de forma elegante las compuertas de ese río emocional que intuyo vive la otra persona. Soy yo, la que dando la solución se queda en paz y en calma conmigo misma.
Todo ello tiene una facilísima solución que si la aplicas un 1% ya tendrá resultados visibles en ti y en la otra persona.
Si tu objetivo real es el de empatizar, acompañar y apoyar, piensa que el actor o la actriz principal de la película en ese momento es la persona que tienes enfrente, lo que tengas que verbalizar, que no sea un consejo, que no sea un “tienes que…” que no sea un “a mí me paso también y lo que hice”… que no sea una frase cliché que desde el nanosegundo de su pronunciación ya está generando distancia, del tipo; “el tiempo lo cura todo, ¡por fin ha descansado!, es ley de vida…” porque recuerda: ¡AHÍ NO ES!
Si esa persona es la protagonista en este momento de la conversación, lo único que voy a despertar para empatizar, acompañar y apoyar es mi verdadera presencia, mi escucha real, mi cuerpo preparado para acoger el mensaje emocional que me quieran regalar. Voy a ser el puente para que el otro se sienta cómodo, conecte con su emoción, se sienta mirado, visto, escuchado, y quizás con ello, el alivio empiece a florecer.
Vanessa Gil
Formadora y coach de Amagi