No es la primera vez que en una de mis sesiones de coaching, cierran los clientes como conclusión a una cuestionada, interesante y compleja conversación con este proverbio tan popular y extendido a muchas más culturas y lenguas de las que creíamos posible y es:
“Es peor el remedio que la enfermedad…”
Cuando el cliente realiza una conclusión como ésta se queda en el aire una sensación de frustración, de miedo, de permanencia del status quo. Decir que “es peor el remedio que la enfermedad” es taparse los ojos y mantener una situación que ya está siendo de por sí complicada, porque quizás dar el primer paso a una posible solución hiere, asusta y nos empuja a romper las barreras de lo conocido, de nuestra zona de confort y de empezar a actuar a veces a ciegas, por caminos intransitados hasta la fecha donde todos los pasos parecen ser pasos en falso, sin seguridad, sin temple y sin demasiada consciencia de si lo que estoy haciendo me ayudará o no dar solución a esa “enfermedad amiga” que por tantos años ha sido parte de mí.
¿Y qué ocurre cuando las enfermedades se cronifican?
Las enfermedades crónicas son aquellas cuyos síntomas no se resuelven con el paso del tiempo. Normalmente se originan a una edad temprana, pero suelen pasar años hasta que se manifiestan clínicamente y a día de hoy son la principal causa de muerte en todo el mundo según señala Topdoctors.
En AMAGI no somos doctores y no tenemos las herramientas para resolver clínicamente las enfermedades crónicas. Aunque nuestra experiencia nos ha hecho comprender que en las empresas también existen “enfermedades o dolores crónicos”, entendidos en estos contextos como:
- Falta de comunicación efectiva,
- Altos índices de estrés y ansiedad,
- Falta de confianza y de cohesión entre los equipos,
- Elevado conocimiento del concepto de empatía, pero bajos índices de ésta en las dinámicas del día a día.
Además, también hay muchas dudas entre la implantación del liderazgo excelente y el dañino uso del liderazgo exigente, puede que incluso estemos en un momento donde la toma de decisiones dentro de la compañía esté bajo mínimos y no sepamos propiciar o impulsar planes de acción eficientes.
Y por supuesto, los temas de inclusión, diversidad y la comunión entre los seniors y todas aquellas incorporaciones de la llamada Generación Z se nos estén escapando de las manos.
Estos “dolores” que, aunque ahora no supongan más que pequeños malentendidos; alargados en el tiempo pueden ser enfermedades crónicas que nos bajen el rendimiento del personal, que nos impidan propiciar entornos de trabajo saludables, que nos amordacen y nos hagan evitar por miedo a las repercusiones conversaciones difíciles que resuelvan problemas. Estos dolores nos pueden poner freno a tomar decisiones valientes que supongan un antes y un después para la empresa, nos pueden condicionar a la hora de presentar temas de innovación porque no sentimos que el entorno sea de confianza y de creatividad sino más bien de reactividad, de control y nos hagan ser colaboradores cuyos pensamientos se reducen a:
- “Estoy aquí por un sueldo”,
- “No soy feliz en este entorno laboral pero más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”,
- “A mí no me pagan por sonreír”,
- “Estoy cansado de proponer mejoras y que éstas caigan en saco roto”,
- “Yo en esta empresa, ver, oír y callar” y un largo etc.
¿Y entonces qué hacemos cuando llega octubre?
Muchas empresas para reducir estas voces que son fruto de creencias limitantes que no sólo perjudican la confianza del colaborador, sino que sobre todo destruyen la posibilidad de hacer crecer a la organización, con el acogimiento desde la libertad de buenas ideas, de creatividad, de productividad, de ganas por crecer y hacer crecer las acciones empresariales que tenemos entre manos… Lo dicho, cuando llega octubre muchas empresas empiezan a pensar en qué actividades pueden ayudar a mitigar estos dolores.
Y entonces llega a nuestro vocabulario de otoño un anglicismo; Team Building. Puede que desde el departamento de Recursos Humanos se escoja entre las miles de actividades existentes, hacer algo grupal, divertido. Que nos regale tres horas de sonrisas, que nos haga conocer un poco más a nuestros compañeros y compañeras más allá de las cuatro paredes de la oficina o de nuestro ordenador y cuando llegue enero con su cuesta, sus dos kilos de más por las fiestas y los excesos lleguemos a nuestro puesto de trabajo y todo sea “como siempre”.
¿Qué proponemos desde AMAGI?
Hacer algo más que un divertido Team Building. Conseguir desde lo lúdico, desde el juego y el aprendizaje cognitivo conocer cuáles son los dolores de nuestros equipos, qué nos estamos perdiendo como managers y qué está suponiendo un freno al crecimiento natural de las personas y de las actividades empresariales.
Cómo, a través de unas horas, nos podemos llevar una foto del equipo sabiendo, sus fortalezas y aquellas áreas que requieren de foco para que a largo plazo hayan sido un reto y no una enfermedad insalvable.
Pongamos consciencia a cuáles son nuestras “enfermedades” y digamos sí a los “remedios”, si vemos la posible enfermedad y los efectos que ésta produce en nuestro día a día, sabremos entre todos, escoger remedios que en forma de planes de acción nos hagan desviarnos del problema y nos ofrezcan soluciones saludables, de crecimiento y de mejora.
Y en AMAGI no lo hacemos solas. Tenemos una alianza estratégica con la Fundación AMÁS, a partir de la cual, realizamos Team Building donde además de resolver los retos organizacionales en torno a la comunicación, la cohesión, los equipos y el liderazgo hacemos que las personas se diviertan, aprendan, se cuestionen y se transformen en manos de los expertos en discapacidad que lideran actividades tan variopintas como:
- Microteatro,
- Taller de bonsáis,
- Coloquios sobre inclusión, innovación y valor social de la mano de los actores protagonistas de la saga “CAMPEONES” y el equipo de coaching de las películas,
- Y muchas más…
Cerremos estas “cuatro líneas”, en vez de con un: “es peor el remedio que la enfermedad”, con las palabras del filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard, que dicen:
“Atreverse es perder el pie momentáneamente. No atreverse es perderse uno mismo”.
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Vanessa Gil