Cuántas veces hemos escuchado en nuestras sesiones de coaching frases como; “cuando me jubile…”, “cuando reciba el ascenso…”, “cuando mis hijos sean mayores…”, “cuando tenga mi segunda casa…”, y después de esos “cuando” llega la segunda parte de la oración transformada en deseo, en sueño, en casi un perfume onírico dejando frases del tipo; “cuando me jubile viajaré por el mundo”, “cuando reciba el ascenso me apuntaré a ese máster de la universidad que tanto me apetece”, “cuando tenga mi segunda casa mi economía será mucho más boyante y podré disfrutar más de momentos de ocio”… Y estas segundas frases al verbalizarlas dejan en nosotros un regusto a esperanza pensando que el futuro saciará aquello que ahora por miedo, tiempo y falta de prioridades no le dejamos el espacio suficiente para hacerlo florecer. Y esta vana esperanza en muchas ocasiones se convierte en la teoría del “conejo detrás de la zanahoria” es decir, en un objetivo inalcanzable que nos ayuda a continuar con la rutina de un presente que tiene más sombras que luces y al que con prisa y con poca reflexión preferimos dejar en penumbras y posponer la gratificación.
Y ¿cuál es el mejor momento de hacer lo que deseo si no es aquí y ahora? Claro que ponerse a accionar es a veces más complicado que vivir en el bloqueo. Porque accionar supone movimiento, accionar supone elegir y elegir es desechar otras oportunidades. Accionar también contiene de manera intrínseca el error o el posible fracaso. Cuando uno actúa hay siempre un 50% de posibilidades de salir airoso y disfrutar o bien de caerse, levantarse y aprender de las heridas.
Esta reflexión me la regaló uno de mis cursos, concretamente hace unos días en Terrasa. Y me la concedió la persona más inesperada, el taxista que me acercó al centro de formación. De nombre Fernando, tenía la actitud de un chaval de veinte años. Dinámico, divertido y apasionado del volante y como se mostró abierto y disponible, no pude más que preguntarle;
– ¿Cómo decidiste ser taxista?
Y ante esta fácil pregunta, mi cabeza empezó a imaginar las posibles respuestas; “Mi abuelo y después mi padre fueron taxistas…” “empecé en el negocio con 18 años con un taxi cuya licencia era de otra persona…”
Lo que nunca imaginé fue el discurso motivacional que Fernando a sus 50 años estaba a punto de realizarme:
– Yo soy un novato en el mundo del taxi – Comenzó Fernando con un tono de voz que recogía notas de emoción y de satisfacción. – Llevo concretamente 3 años al volante. He sido toda mi vida jefe de producción en una empresa de artes gráficas. Llevaba dentro de la misma compañía 29 años. Y para ser sincero me llevaba a casa mis 3000 euros netos con quince pagas y los fines de semana libres. Todo era aparentemente maravilloso. Pero mi estado de ánimo no sostenía más presión. Cuando terminaba mi jornada laboral, me caía una lluvia de llamadas, proveedores, clientes, colaboradores. La dirección de mi empresa estaba basada en la presión constante para la consecución de resultados. Y mantener una actitud de ambicionar más, siempre es sano, porque te deja encendido el motor de la creatividad, de la búsqueda constante en la mejora. Pero cuando se quieren resultados cortoplacistas, cuando lo que hiciste ayer ya no sirve para nada, cuando no hay un parar y reflexionar para buscar la mejor estrategia que siempre es aquella a partir de la cual se obtienen buenos resultados con menor inversión de energía porque el aprendizaje nos ha ayudado a saber equilibrar. Cuando las personas son como el engranaje de la impresora 3D se pierde el valor diferencial de lo que somos. Así pues, mi vida se convirtió en un cielo muy gris donde el agobio, la ansiedad, la frustración eran los causantes de esas consecuencias desastrosas como la falta de sueño de calidad, la irascibilidad con mis allegados y la falta de paciencia. Y todas las mañanas me repetía un mantra; “cuando me jubile…viviré en paz, estaré tranquilo conmigo mismo y podré aprender a disfrutar”.
¿Cuándo me jubile? Pensé yo un lunes por la mañana donde sólo sentí agobio ante los cinco largos días que me quedaban por delante. Ante el deseo de que se abriese un portal temporal y me llevara directo al viernes por la tarde. Este pasar de los días era sentir una presión en el pecho, era vivir sin significado, era sentir ser marioneta de mi propia existencia.
Y un día nada especial, salí con mi mujer y otra pareja a cenar. Yo de nuevo llegué con mi monologo tremendista de: “la vida es una mierda” y empecé a expulsar los sapos y culebras de mi ordinaria subsistencia hasta que mi amigo me dijo “¿Y por qué no te haces taxista como yo?” En ese instante loco, mi mujer me dio un codazo, un gesto de apoyo y de aliento que me llevó a dejar mi carrera. Mi profesión que hasta la fecha era la única conocida para mí, mi sueldo fijo por otro mucho menos atractivo, mis fines de semana libres por días sueltos donde mi libertad es escogida, pero es disfrutada.
“¡Loco!” me llamaron por dejar el trabajo sin mi finiquito, por meterme en un crédito para pagar la licencia, por hacerme autónomo y por dejar de lado una estabilidad pintada con tonos grises. La vida entendí, no es el pensar estar bien en el futuro, el enriquecerte para el futuro, el amargarte en el presente para ser recompensado en el mañana. La vida es cómo pintas de color el hoy, el aquí y el ahora porque si no, estás subsistiendo en el entrenamiento y jamás te permitirás ser el jugador del partido.
La historia de Fernando que, aunque pueda parecer un algo ordinario es para mí de una gran valentía y apuesta por la propia felicidad y estabilidad emocional, aun sabiendo, que a veces para lograrlo tienes que prescindir de otras variables.
Y me gustaría cerrar este breve relato de un héroe de capa invisible con una de mis frases favoritas. Es del matemático y filósofo de Alfred North Whitehead y dice algo como: “El miedo a equivocarse es la muerte del progreso”.
Vanessa Gil Pesquera