¿Os imagináis poder enamoraros en máximo 15 segundos? Y ¡Ojo! No hablo de esos flechazos adolescentes que nos dejan flasheadas de aquella maravillosa persona que conocimos en la playa a los 15 años. Hablo de ese amor donde existe intimidad, confianza, conversaciones difíciles, donde poner límites se hace desde la tranquilidad y la calma, donde el respeto… ¡Vale! Quizás me estoy poniendo demasiado pastelosa. Volvamos pues, a lo práctico. Imaginad que en 15 segundos os podéis sacar el carné de conducir, podéis hacer una tarta o un pote gallego, podéis preparar el viaje de vuestras vidas, escribir un libro, asistir al concierto de vuestro cantante favorito, sacaros una carrera y si me apuras haceros catedrático o catedrática. Esto a día de hoy es casi imposible, y digo casi, porque en la ficción de TikTok, toda una realidad se puede mostrar de entre 7 a 15 segundos. Y no es una realidad palpable, es una ficción revolucionada en el tiempo que aporta un resultado. Un resultado llamativo: el mejor gol del partido, la pedida de mano perfecta, la cara sin arrugas y el cuerpo perfecto, la tarta fondant fácil, sencilla y de lo más apetitosa… Pues eso, aporta un resultado, pero obvia todo el proceso, obvia la cantidad de tiempo que requiere alcanzar cualquiera de las cosas anteriormente mencionadas.
En la realidad de hoy, el tiempo parece acelerarse, parece que lo realmente importante puede verse en 15 segundos y puede leerse en máximo 280 caracteres. Esto nos lleva a buscar impactos constantemente, porque es una forma de despertar ese neurotransmisor primo hermano del Dios Eros, es decir, la disfrutona dopamina, siempre presente en la búsqueda constante de estados de placer. Y por supuesto, ¿quién no quiere vivir en el placer? El placer es adictivo, y nuestra presente dopamina cada vez que navegamos por las redes sociales es una trampa perfecta para propiciar la adicción a la tecnología y la dependencia emocional a estos canales donde el tiempo parece volar.
Si lo piensas, ¿quién apostaría hoy por ver Ben-hur o Titanic, con sus más de tres horas? o ¿cómo te enfrentas a uno de los libros más importantes de la literatura española, “El Quijote” con sus, concretamente, 2.059.005 caracteres?
Quizás te parezca una desorbitada inversión de tiempo, porque desayunamos titulares, trabajamos ayudados por la Inteligencia Artificial, que de alguna manera nos borra los procesos creativos de escribir cuatro emails y dos Power Point; algo muy tonto quizás, pero son actividades que nos ponen a pensar por nosotros mismos y activan el neocórtex, es decir, esa zona del cerebro que nos impulsa a razonar, a tener pensamiento lógico e incluso se encarga de nuestra consciencia.
Después de trabajar, podríamos merendar con una amiga y contarle, por ejemplo, nuestras dificultades, nuestros sueños y nuestros temores más arraigados que no nos dejan conciliar el sueño. Esto sería, desde luego, una pócima maravillosa para nuestra mente, ya que una charla amena con amigos es creadora de dopamina y de endorfinas, es decir, un cafetito y una buena conversación nos pueden ayudar a disminuir nuestra sensación de dolor y sentirnos mejor con nosotros mismos, pero como no tenemos tiempo, preferimos ir con los cascos puestos y mientras hacemos 243 actividades más, mandamos un audio tipo podcast a la nada, donde contamos nuestros más y nuestros menos y sentimos con ello que hemos hecho check a nuestra labor como amigas.
Cuando recibimos la contestación dos o tres días después, porque seguramente nuestra amiga está inmersa en una cantidad incontable de “to do”, escucharemos en 1,5 de velocidad en Whatsapp su respuesta y lo haremos diseminando el audio de 5 minutos porque carecemos de un tiempo continuado para escuchar completamente toda su micro historia.
Y llegamos a casa y después de llamar a Glovo para poder cenar algo caliente pero sano, o bien, apostar por comida precocinada que en 5 minutos en el microondas está lista y comible, nuestra app nos avisa de que es hora de meditar porque nos regula las constantes, nos hace bajar el cortisol y nos prepara para poder desplegar las alas a un sueño reparador.
Ya entre las sábanas consumimos rápidamente seis o siete videos más de esos rapiditos, que nos hacen reír, que nos hacen compararnos con gente más guapa, más pro, más rica, más cool, que nos hacen vulnerables…, de todo ello no estoy segura, dependerá del estilo de video que más nos atraiga en cada momento. De lo que sí estoy segura es de que acostarnos con las redes sociales es vilipendiar la calidad de nuestro sueño, no sólo, porque el ritmo rápido de las mismas hace que el cerebro se sienta alerta y por ende, considere que aún no está preparado para dormir, sino que además se suprime la producción de melatonina que es la hormona encargada de la somnolencia.
Y después de un día así ¿con qué te quedas?
Si el tiempo de tu día lo hubieses degustado leyendo por la mañana un buen artículo con un café, hubieras invertido dos horas escribiendo personalmente la presentación dándole ese toque de humor ácido tan tuyo que hace que tus clientes te reconozcan en cada propuesta, hubieras merendado con tu amiga de la infancia que hacía tiempo que no veías y con cuya charla has podido drenar tus problemas y te llevas para casa otras opciones vitales que no habías ni tan siquiera contemplado.
Cuando te has sentado en la esterilla a meditar, has apostado por una hora para ti, sin ruido, sin interferencias, conectándote contigo y con tu cuerpo, y gracias a ese momentito, te has dado cuenta de que hace tiempo que necesitas ir al fisio porque tus lumbares piden a gritos un buen masaje.
Y al acostarte, has cogido esa novela de 2.059.005 caracteres, donde seguramente en el cuarto párrafo habrás cedido tu voluntad a Morfeo, pero quizás, si en ese instante te pregunto:
Y después de un día así ¿con qué te quedas?, seguramente seas consciente de grandes instantes que merecerán la pena ser recordados.
Enamorarse, sacarse el carné, una carrera, preparar el viaje de tu vida, ser mamá, recoger la siembra cada año, ver sonreír por primera vez a tu hija, ser amigo, convertirte en el pichichi de la liga, etc. no son importantes por el resultado, son valiosos porque el resultado final es la guinda del proceso.
Vanessa Gil