Antes de empezar con lo que la gente realmente quiere que son: “las claves mágicas para gestionar conflictos”, es interesante que nos pongamos un poco sabiondillas y busquemos la etimología de la palabra conflicto. Dicho esto: conflicto proviene del latín conflictus, que significa «choque», «combate» o «lucha».
Y ¿por qué ir a la etimología?, porque como muy bien expone el filósofo Ludwing Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Y ¿esto qué significa? Significa que, si a todo problema que se precie le atribuyo la palabra “conflicto”, le daré la misma importancia a un malentendido, a una discordia, a un litigio, a una diferencia, a un desacuerdo, a una controversia o a una discrepancia. Y como mi cuerpo solo conoce conflicto, se arma para la lucha hasta los dientes, saca todo el arsenal de posibles improperios y lo que simplemente era recordarle a esa amiga algo tacaña que te debe un Bizum, como tantas veces; se convierte en una batalla campal de “será rata, se enriquece a costa de mi persona, es egoísta, solo mira por ella, poca vergüenza la suya, que no se digna ni a invitarme una sola vez, es que estoy harta, y una y no más, le voy a decir que hasta aquí, que estoy cansada de ser su perrito faldero y que vaya de digna pero sin un euro en el bolsillo cuando se trata de pagar”.
¿Cómo acaba esta batalla campal?
Seguramente el resultado será la ruptura de una amistad de veinte años, posiblemente con muchas invitaciones por parte de una de ellas, pero también de grandes momentos, de compañía en los no tan buenos y lo que podía resolverse como una simple discrepancia a través de una conversación difícil, se eligió como punto de partida un conflicto = choque, combate o lucha.
Entonces, antes, como primer punto para resolver un conflicto; es tomarnos un minuto de tiempo y analizar qué tipo de problema estamos teniendo, y etiquetarlo como corresponde. Esto nos ayudará a adoptar una postura mucho más tranquila y benévola, si lo que tenemos que resolver es una discrepancia o si realmente estamos ante un conflicto, donde sabemos que, tras cualquier choque, combate o lucha, hay daños, hay rupturas, hay dolor.
Si después de una exhaustiva evaluación llegamos a la conclusión de que lo que tenemos que enfrentar es un conflicto, y esto se da, cuando dos o más necesidades legítimas conviven, pero no están encontrando una forma compatible de satisfacerse.
Entonces, tendremos que armarnos, pero no de improperios, ni de contundencia, ni de palabras malsonantes, ni de tono agresivo. Más bien, tendremos que armarnos de paciencia. Porque para conseguir un buen resultado de un conflicto, hay como se hace con los buenos vinos, escanciar, es decir, oxigenarse. Rebajar la emoción inicial, para que lo que se diga, no se pierda en el cómo se diga y pierdas la batalla.
Cuando estamos ante una persona que sólo muestra autoridad desde el grito, la defensa, la no escucha o la estigmatización, estamos ante una conversación fallida que, por desgracia, se va a quedar en la superficie del “¿cómo?” pero no ahondará en lo que realmente importa a ambas partes y es el “¿qué?”.
Así pues, para llegar a ese importante ¿qué? Lo primero es oxigenarse, depurar las emociones primarias y llegar al conflicto con la cabeza dispuesta a escuchar, pensar y entender. Y cuando estéis leyendo esto me diréis, sí claro, pero yo no elijo las setas/conflictos que aparecen en mi camino cuando yo quiero, aparecen y hay que solucionarlos. Y yo te pregunto: ¿ya? ¿Seguro que hay que solucionarlos ya? Tu cerebro emocional dirá que SÍ, porque a quién no le gusta un drama. La realidad es que la mayor parte de los conflictos no surgen de un día para otro, surgen de un momento en el que quizás nosotros también tuvimos un punto de responsabilidad, quizás nosotros no pusimos un pequeño límite y apostamos por algo que es la antítesis de la resolución pacífica y honesta de los problemas: el silencio.
Lo omitimos, nos callamos y nos pusimos la capa del antihéroe “no pasa nada”, pero lo cierto es que sí que pasa y en esa ocasión, se quedó un poso dentro de ti. Y un día ese poso crece y crece y se hace más fuerte, más grande, más monstruo, porque nuestra cabeza lo adorna de elementos que gritan “¡Qué injusticia!, ¡qué egoísta!, ¡qué falta de criterio!” y con esa algarabía convivimos hasta la explosión. Y de nuevo perdimos porque el “¿cómo?” nos vapuleó en una turbina de muchas cosas, pero ninguna con cordura.
Una vez hayamos definido el tipo de problema, nos hayamos oxigenado y construido un buen argumento de por qué decidimos abrir la puerta al conflicto, lo más útil, no es ser el primero en hablar, es ser el primero en preguntar: “¿Qué ha ocurrido con esto?” Quizás escuchando el contexto en el que la otra persona erró, será más fácil para nosotros seguir apostando por nuestro “¿qué?”, o puede, y seguramente sea lo más lógico, que nuestro perfecto y elaborado “¿qué?” se vuelva más flexible porque habrá elementos que desconocíamos de la otra parte y que se suman a la ecuación.
Una vez escuchado el contexto del otro, como siguiente paso viene el de exponer qué me hizo daño, y cuando afirmo esto, lo hago con claridad, y con el firme propósito de que, una vez expresado mi dolor, dejaré de rumiar con el pasado y activaré mi mente solucionadora de problemas a futuro. ¡Ojo! Este paso es el más difícil porque normalmente en una conversación de conflicto, rumiar el pasado es del todo gustoso, porque nos permite ventilar, vomitar y recordar otras heridas y descargar todo lo que en su día no tuvimos la valentía de expresar.
Pero si te pregunto: ¿Cuál es el objetivo de todo ello? Y si me dices, quedarme a gusto de una vez por todas. ¡Fenomenal! Y ahora contéstame: ¿cómo visualizas a partir de ahora la relación con esa persona? Esto es clave, si tu objetivo es romper, quizás rumiar el pasado y dejar la conversación con un halo emocional es la clave.
Si tu objetivo es que el conflicto se disipe, se disminuya tu frustración y seas capaz de poner encima de la mesa tus necesidades, toca realizar el paso final y es; activar mi “mente solucionadora de problemas y visualizar el objetivo final a futuro” y para ello:
¿Qué necesito? y ¿qué propongo?, y escuchar con humildad ¿qué necesita la otra persona? y ¿qué propone?
Dicho esto, ¿llegamos a un punto en común? Si en ese momento no se llega a nada claro, quizás debamos oxigenarnos un poco más y darnos el permiso de reflexionar lo que el otro dijo.
Y el conflicto bien gestionado es una ganancia de una batalla, la propia, porque los conflictos nos definen. Si miramos hacia atrás, aquellas conversaciones que nos costaron verbalizar, aquellos momentos que alteraron nuestra estabilidad, aquellas personas que nos hicieron reflexionar, moldearon nuestra esencia presente.
Porque el conflicto es la oportunidad de seguir aprendiendo.
Vanessa Gil