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La confiabilidad: un valor en desuso por la desinformación en las redes sociales

Desinformación en las redes sociales: Desarrolla la confiabilidad

“Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la LEY…” estoy convencida de que en vuestras cabezas os ha venido como cohete propulsado por agua la famosa ranchera de título “El Rey” del famoso cantante mexicano, Vicente Fernández. 

Y ¿qué tiene de especial esta canción? Seguramente su ritmo pegadizo y el empoderamiento que uno siente a la hora de masticar cada palabra, son atractivos que hacen que nuestro cerebro aprenda con facilidad y recuerde esta ranchera como baluarte del cancionero mexicano, pero nos vamos a quedar con su letra, concretamente con esa parte que dice: “…y mi palabra es la LEY…”. 

Durante siglos, “te doy mi palabra” era un contrato no escrito, que ponía en tela de juicio algo más que la posible obligación asumida por aquella persona de cumplir lo pactado, ponía en la parrilla de la relación un valor, el honor. Entendido hoy por el DRAE como esa cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo.

Y esta cualidad, estaba tan en boga que por honor te retaban antaño a duelos, donde podrías salir malherido o incluso perder tu vida.

Hoy, esto parece de película, pero también parece de ciencia ficción el respetar la palabra dada. Estamos inundados de información. Toda noticia, acontecimiento y suceso, está disponible a un clic de nuestro teléfono. Y como todo está vacante de manera inmediata y todo parece relevante, la importancia de las informaciones tiene una fecha de caducidad para unos minutos. Y en esa celeridad, carecemos de tiempo para analizar lo que estamos consumiendo, de dar o no criterio, de si lo que nos cuentan es real o sólo es un maravilloso titular que busca captar nuestra atención, o que tomemos una decisión importante, la compra de este o aquel artículo hiper necesario para sobrevivir a los siguientes diez minutos de vida, o incluso un voto rápido. 

En este contexto, la desinformación en internet y en las redes sociales se ha convertido en un fenómeno cotidiano, lo que nos lleva a cuestionarnos: ¿cuánta importancia le damos a la confiabilidad?. Es decir, a esa capacidad que tiene toda persona de mostrarse fiable, porque hace lo que dice, porque tiene palabra, porque su palabra tiene el peso necesario para generar confianza. 

Hoy, en muchas ocasiones, percibo un ambiente informativo donde la confianza es un valor en desuso. Parece que ponemos cara de incrédulos ante lo que nos cuentan, porque seguramente mañana se cambie el discurso y en este vaivén informativo, también aparece un vaivén emocional. Porque la confiabilidad deja de tener los márgenes claros y lo difuso provoca frustración, genera inestabilidad, supone vivir en la duda constante y se eleva como normal la falta de responsabilidad, compromiso y coherencia. La desinformación en las redes sociales, en este sentido, ha erosionado nuestra capacidad de confiar en una persona o en las instituciones.

Ser confiable, es un valor como empresa, como líder, como padre y madre, como profesor etc. Porque cuando el entorno te percibe como confiable, aunque a veces lo que digas y lo que hagas tenga un coste personal o profesional, te conviertes en un pilar, en ese material sólido en el que apoyarse, en esa empresa cuyos productos nos acompañan en cada etapa vital. Te conviertes en ese líder que genera credibilidad, que es capaz; no de tener followers, sino de estar acompañado por grupos de personas con pensamiento crítico, personas que sabiendo analizar los pros y los contras deciden ofrecerte su respecto, su apoyo y su talento, pero que además llevan integrados una vara de medir, un NPS, un control o un examen para valorar a través de parámetros objetivos y medibles, si tu confiabilidad sigue inalterada. 

Este no es un amor incondicional sin medida, pase lo que pase o hagas lo que hagas, es un amor objetivo, un amor desde el análisis, desde la crítica, desde lo racional para seguir apostando por la mejora constante. Y esta mejora constante, como todo lo que posee relevancia, no se genera con un tuit de 280 caracteres, esa mejora constante se lleva a cabo a través de un proceso consciente de meses. 

Aprender a confiar en uno mismo y en los demás requiere tiempo y esfuerzo. Como empresa, como líder, como padre o madre, como profesor, generar confiabilidad en el otro requiere de tener el tiempo, las ganas y la valentía para dar respuesta a las siguientes cuestiones:

  1. ¿Quién soy?, ¿cómo quiero ser percibido? y ¿qué acciones quiero que me definan?
  2. ¿Qué tipo de entidad o persona quiero ser cuando me halle en momentos de crisis?
  3. ¿Qué es negociable para mí y cuáles son mis líneas rojas, es decir, aquello que no es absolutamente negociable?
  4.  ¿Qué tipo de personas quiero en mi empresa?, o como persona, ¿de quién quiero estar rodeada?
  5. ¿Cómo desarrollar un modelo de aprendizaje ante los errores del camino?
  6. ¿Qué criterios o parámetros se instauran para poder ser evaluados como empresa o como persona?

A este listado de seis cuestiones, podemos añadir cuantas más mejor, porque ese tiempo que dedicamos a reflexionar, son semillas que a futuro nos marcarán una guía de cómo ser y cómo hacer sin perder nuestra esencia, sin vilipendiar nuestros valores y, por ende, de vivir con coherencia, de respetar nuestro honor y de dormir sin estrés ni ansiedad, porque como dice un refrán alemán “La mejor almohada es una conciencia tranquila”.

Y ¿tú?, ¿cuán confiable eres?, ¿qué primer paso vas a dar hoy para aumentar tu confiabilidad?.

Porque estamos en febrero, el mes del amor, el mes donde quizás integremos y le cojamos no digo amor, pero sí cariño a esa frase de: 

“No siempre se gana, pero sí siempre se aprende”.

Vanessa Gil

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